¿America First o Israel First? La guerra de Irán y la gran contradicción moral
Donald Trump ha construido buena parte de su identidad política alrededor de una consigna tan simple como potente: “America First”. Con esas dos palabras ha querido resumir su promesa de poner por delante los intereses de Estados Unidos, su economía, su seguridad y su poder global. Sin embargo, cuando se observa su postura frente a la guerra contra Irán, la pregunta aparece de forma inevitable: ¿de verdad es “Estados Unidos primero”, o lo que está ocurriendo responde más bien a una lógica de “Israel primero”?
La diferencia no es menor. No se trata solo de una cuestión de eslóganes, sino de prioridades reales, de a quién beneficia cada decisión y de qué costes humanos se están aceptando en nombre de la geopolítica. Trump habla de defender la estabilidad, de frenar amenazas y de proteger a sus aliados. Pero la forma en que ha respaldado la escalada contra Irán deja la sensación de que la agenda israelí pesa más de lo que él reconoce públicamente.
En teoría, Estados Unidos tiene intereses propios en Oriente Medio: petróleo, rutas comerciales, influencia estratégica y contención de rivales regionales. Pero la intensidad de la ofensiva, el cierre de la puerta a la diplomacia y el tono casi absoluto de la retórica belicista hacen pensar que el conflicto va mucho más allá de una simple defensa de intereses norteamericanos. Para muchos observadores, la guerra parece diseñada para reforzar la seguridad de Israel y golpear a Irán como prioridad central, incluso si eso arrastra a Estados Unidos a otra espiral de violencia.
Ahí entra en escena Benjamin Netanyahu. Bajo su liderazgo, Israel ha insistido durante años en presentar a Irán como una amenaza existencial. No es una posición nueva, pero sí una que se ha endurecido hasta convertir el conflicto en una lógica de choque permanente. El problema es que esa lógica, llevada al extremo, termina justificando bombardeos, asesinatos selectivos, ataques preventivos y daños colaterales masivos que caen sobre población civil.
Y ahí está el punto más duro: los derechos humanos. En esta guerra no solo se habla de instalaciones militares o de bases estratégicas. Se habla de ciudades, hospitales, infraestructuras eléctricas, sistemas de agua, escuelas y viviendas destruidas. Se habla de miles de muertos y de familias enteras desplazadas. Cuando una guerra castiga de forma tan desproporcionada a civiles, deja de parecer una operación de seguridad y empieza a parecer una maquinaria de castigo colectivo.
Esa realidad coloca a Netanyahu y a quienes respaldan esta ofensiva frente a una contradicción histórica y moral muy seria. El pueblo judío fue víctima de uno de los mayores crímenes de la historia humana a manos del nazismo. La memoria del Holocausto no es una referencia cualquiera: es un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando un poder político convierte a seres humanos en enemigos absolutos, los deshumaniza y los reduce a una amenaza que puede ser eliminada. Esa herida histórica debería servir precisamente para impedir que otros pueblos sean sometidos a la misma lógica del sufrimiento.
Por eso resulta tan inquietante ver cómo, en nombre de la seguridad, se adoptan hoy prácticas que recuerdan a esa deshumanización. No porque la situación sea idéntica —no lo es—, sino porque el mecanismo moral se parece demasiado: justificar el dolor de una población entera en nombre de una supuesta necesidad superior. Cuando se acepta que miles de civiles paguen el precio de una estrategia militar, el argumento de la autodefensa empieza a perder legitimidad y la conciencia política entra en terreno peligroso.
Esto no significa negar que Israel tenga amenazas reales ni que Irán sea un actor con políticas represivas y acciones regionales muy cuestionables. Sería absurdo ignorarlo. Pero una cosa es reconocer conflictos y otra muy distinta es convertir la guerra en la única respuesta posible. Cuando se abandona la vía diplomática y se normaliza el castigo masivo, el resultado no es seguridad: es más odio, más inestabilidad y más sufrimiento.
Trump, con su estilo habitual de dureza y espectáculo, ha preferido alimentar una narrativa de fuerza. Netanyahu, por su parte, ha reforzado un discurso en el que la supervivencia de Israel parece justificar casi cualquier acción. El problema es que esa alianza política y militar se apoya cada vez más en la idea de que la guerra puede resolver lo que la política no quiere o no sabe negociar. Y la historia demuestra que esa idea casi siempre termina mal.
La gran pregunta ya no es solo si Estados Unidos está actuando en función de sus propios intereses o de los de Israel. La pregunta más incómoda es qué queda de la moral política cuando ambos países aceptan una guerra que deja tras de sí dolor civil, ruina y una peligrosa erosión de los principios que dicen defender. Porque si la memoria del sufrimiento judío sirve para algo, debería servir para impedir nuevas formas de barbarie, no para repetirlas con otros nombres, otras banderas y otros enemigos.
